Un artículo reciente de Federico Tobar1 señala que la salud pública atraviesa un punto de inflexión histórico. Los paradigmas que orientaron su desarrollo desde la posguerra como son los determinantes sociales de la salud y la salud como bien público global, siguen siendo intelectualmente sólidos y éticamente valiosos, pero ya no alcanzan para explicar ni para orientar la acción sanitaria en el mundo actual.
En el siglo XXI se observa un fenómeno preocupante: los indicadores sanitarios se estancan, las desigualdades globales vuelven a crecer y los sistemas de salud enfrentan una presión financiera inédita. Los países de ingresos bajos y medios cargan simultáneamente con enfermedades transmisibles y crónicas, mientras que los nuevos medicamentos, lejos de aliviar o curar las enfermedades, amenazan la sostenibilidad de las coberturas.
La pandemia de COVID-19 expuso de forma cruda los límites del multilateralismo en salud. La cooperación internacional cedió frente a la lógica de la soberanía de los países desarrollados, la competencia y la seguridad nacional. Vacunas, medicamentos, tecnologías y datos sanitarios dejaron de circular como bienes públicos y comenzaron a gestionarse como activos estratégicos.
El artículo propone un giro analítico que incorpora los determinantes geopolíticos de la salud. Esto implica reconocer que las trayectorias sanitarias de los países están condicionadas por su posición en las cadenas globales farmacéuticas, el acceso o no a tecnologías críticas, los regímenes de propiedad intelectual, la capacidad de producción local, el poder negociador y los alineamientos geopolíticos.
Los casos de Argentina y Kenia ilustran con claridad este cambio. En uno, la política sanitaria queda condicionada por acuerdos macroeconómicos y presiones sobre patentes farmacéuticas. En el otro, la cooperación bilateral redefine los sistemas de vigilancia y los flujos de datos estratégicos. En ambos, la salud deja de ser solo una política social y pasa a formar parte de laeconomía política internacional.
El mensaje central no es abandonar los valores fundacionales de la salud pública como equidad, solidaridad, universalidad, sino actualizar el enfoque. Los determinantes sociales siguen explicando bien las desigualdades, y los bienes públicos globales siguen siendo un horizonte deseable. Pero ignorar el cambio en las “corrientes” geopolíticas debilita la capacidad real de transformar la salud.
Reconocer los determinantes geopolíticos de la salud no es cinismo: es realismo estratégico. En un mundo que cambió de mares, revisar los paradigmas no es traicionar la salud pública, sino la única forma de evitar el naufragio y seguir avanzando.
Puede acceder al artículo completo aquí.
- Federico Tobar. Especialista en Políticas de Salud y Financiamiento de Sistemas de Salud Consultor Internacional en Políticas Públicas de Salud ↩︎


