¿Qué significa soberanía sanitaria?

Por Federico Tobar

La pandemia de COVID-19 dejó una escena difícil de olvidar: mientras algunos países acumulaban vacunas, respiradores y medicamentos, otros esperaban. La promesa de una “salud global” basada en la cooperación internacional mostró sus límites concretos. A partir de entonces, comenzó a ganar fuerza una categoría que hasta hace pocos años ocupaba un lugar marginal en el debate sanitario: la soberanía sanitaria.

Pero ¿qué significa realmente soberanía sanitaria? ¿Es simplemente producir medicamentos en el país? ¿Implica abandonar la cooperación internacional? ¿Es una estrategia económica, política o sanitaria? La respuesta es más compleja.

La soberanía sanitaria constituye hoy una nueva forma de pensar la salud pública en un mundo atravesado por disputas geopolíticas, cadenas globales de producción frágiles y crecientes asimetrías entre países. No surge únicamente como una propuesta técnica, sino como una reacción ante la percepción de vulnerabilidad que dejó expuesta la pandemia.

Del multilateralismo a la geopolítica de la salud

Durante décadas predominó una mirada de la salud global basada en la cooperación internacional. Bajo esa lógica, los organismos multilaterales —como la Organización Mundial de la Salud— coordinaban esfuerzos para producir “bienes públicos globales” en salud: vacunas, vigilancia epidemiológica, regulación sanitaria o estrategias de control de enfermedades.

Ese paradigma alcanzó su auge con la respuesta internacional frente al VIH/SIDA y luego con los Objetivos de Desarrollo del Milenio y los Objetivos de Desarrollo Sostenible. La premisa era simple: si los países cooperaban y cada uno producía aquello en lo que era más eficiente, el acceso a la salud tendería a mejorar y las desigualdades disminuirían.

La respuesta a la pandemia de COVID 19 no generó resultados similares a los obtenidos con el combate al VIH/SIDA y la narrativa de la salud global resultó fuertemente cuestionada. La distribución desigual de vacunas evidenció que, ante una amenaza global, los Estados priorizan sus propios intereses. En 2022, mientras el 79 % de la población de países ricos había recibido al menos una dosis contra COVID-19, apenas el 14 % de la población de países pobres había accedido a la vacunación.

Ese fenómeno fue definido por algunos analistas como “vaccine apartheid”. La cooperación internacional cedió frente a la lógica de la seguridad nacional. Y allí comenzó a consolidarse una nueva mirada: la geopolítica de la salud.

La salud como cuestión de seguridad

La idea de que la salud puede convertirse en un asunto estratégico fue desarrollada por el investigador Stephan Elbe bajo el concepto de “securitización de la salud”. Según esta perspectiva, la salud deja de ser exclusivamente un tema humanitario para transformarse en un problema de seguridad nacional y de disputa internacional.

En este nuevo escenario, medicamentos, vacunas, datos genómicos, principios activos y capacidades de producción adquieren un valor similar al de otros recursos estratégicos como la energía, los alimentos o los semiconductores. Los sistemas de salud dejan de verse únicamente como dispositivos de bienestar y comienzan a interpretarse también como infraestructuras críticas para la estabilidad política de los Estados.

La pregunta central ya no es solamente cómo garantizar acceso universal, sino cómo evitar depender de otros países para responder a una crisis sanitaria.

¿Qué es entonces la soberanía sanitaria?

La soberanía sanitaria puede definirse como la capacidad de un país para garantizar el acceso de su población a insumos, medicamentos, vacunas y tecnologías estratégicas sin depender críticamente de actores externos. No significa autarquía absoluta ni aislamiento internacional. Tampoco se limita a producir todo dentro del territorio nacional. Más bien, supone reducir vulnerabilidades estratégicas y fortalecer capacidades propias allí donde existen riesgos de desabastecimiento o dependencia crítica.

Desde esta perspectiva, un país soberano en salud es aquel que posee capacidades regulatorias propias, puede producir o asegurar el abastecimiento de insumos críticos, tiene margen de decisión frente a presiones internacionales y dispone de estrategias para enfrentar disrupciones en cadenas globales de suministro.

El problema de los medicamentos

La discusión sobre soberanía sanitaria se vuelve especialmente intensa en torno a los medicamentos.

Durante décadas, muchos países trasladaron progresivamente la producción de principios activos hacia Asia, particularmente China e India. Lo hicieron porque resultaba más barato. Pero esa eficiencia económica generó una dependencia creciente.

Hoy, alrededor del 40 % de los principios activos utilizados en medicamentos genéricos dependen de China, y en algunos antibióticos la dependencia supera el 80 %. Esto implica que una interrupción comercial, un conflicto geopolítico o una decisión unilateral podrían afectar rápidamente el abastecimiento mundial de medicamentos esenciales.

¿Producir localmente alcanza?

Aquí aparece una de las principales tensiones del debate. La soberanía sanitaria suele asociarse automáticamente con producción nacional. Sin embargo, producir localmente no garantiza por sí mismo mejores precios ni mayor acceso.

Esto muestra que la soberanía sanitaria no depende solamente de fabricar medicamentos, sino también de capacidad estatal de negociación, regulación de precios, coordinación de compras, planificación estratégica y definición de prioridades sanitarias.

Diez claves para comprender la soberanía sanitaria

Es posible postular diez premisas para pensar y construir la soberanía sanitaria:

1. Pensar desde la geopolítica y no solo desde la diplomacia sanitaria.
2. Identificar riesgos disruptivos.
3. Priorizar la mirada nacional.
4. Analizar tendencias estructurales y no solo coyunturas.
5. Reconocer las asimetrías entre países.
6. Comprender que las alianzas son estratégicas.
7. Incorporar los determinantes geopolíticos de la salud.
8. Analizar las cadenas de valor farmacéuticas.
9. Fortalecer capacidades nacionales de producción y regulación.
10. Entender que la soberanía sanitaria no busca eficiencia sino resiliencia.

La soberanía sanitaria no implica aislamiento ni autarquía. Implica reconocer que, en un mundo atravesado por disputas geopolíticas y cadenas globales frágiles, proteger la salud de la población requiere capacidades propias, planificación estratégica y una lectura más realista de las relaciones internacionales.

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